21 jun. 2012

CREER Y PENSAR




José Ortega y Gasset (Madrid, 1883 – 1955) fue un filósofo y ensayista español, exponente principal de la teoría del perspectivismo y de la razón vital (raciovitalismo) e histórica, situado en el movimiento del Novecentismo.


Primer capítulo de Ideas y Creencias.

Las ideas se tienen; en las creencias se está
"Pensar en las cosas" y "contar con ellas"


Cuando se quiere entender a un hombre y su vida, procuramos ante todo averiguar cuáles son sus ideas. 

Desde que el europeo cree tener "sentido histórico", ¿Cómo no van a influir en la existencia de una persona sus ideas y las ideas de su tiempo? La falta de claridad sobre lo que se busca cuando se buscan las ideas de un hombre (o de una época) impide que se obtenga claridad sobre su vida, sobre su historia.

Con la expresión "ideas de un hombre" podemos referirnos a cosas muy diferentes. Por ejemplo: los pensamientos que se le ocurren y los que se le ocurren al prójimo y él repite y adopta.

Estos pensamientos pueden poseer los grados más diversos de Verdad. Incluso pueden ser "verdades científicas". Tales diferencias no importan mucho. Porque, sean pensamientos vulgares, sean rigurosas "teorías científicas", siempre se tratará de ocurrencias que en un hombre surgen, originales o insufladas por el prójimo. Pero esto implica que el hombre estaba ya ahí antes de que se le ocurriese o adoptase la idea. Ésta brota dentro de una vida que preexistía a ella.

No hay vida humana que no esté constituida por ciertas creencias básicas. Vivir es tener que habérselas con algo: con el mundo y consigo mismo; aquellas aparecen como una interpretación o "idea" sobre el mundo y sobre sí mismo.

Topamos con otro estrato de ideas que un hombre tiene. Estas "ideas" básicas que llamo "creencias", no llegamos a ellas por un acto particular de pensar, no son pensamientos que tenemos, no son ocurrencias, ni la especie más elevada por su perfección lógica y que denominamos razonamientos. Todo lo contrario: esas ideas que son, de verdad, "creencias" y constituyen el continente de nuestra vida y, por ello, no tienen el carácter de contenidos particulares dentro de ésta. No son ideas que tenemos, sino ideas que somos. Precisamente porque son creencias radicalísimas, se confunden para nosotros con la realidad misma (son nuestro mundo y nuestro ser), pierden, por tanto, el carácter de ideas, de pensamientos nuestros.

Cuando se ha observado la diferencia existente entre esos dos estratos de ideas aparece el diferente papel que juegan en nuestra vida y la enorme diferencia de rango funcional. 

De las ideas-ocurrencias (incluyo en ellas las verdades más rigorosas de la ciencia) podemos decir que las producimos, las sostenemos, las discutimos, las propagamos, las combatimos y hasta somos capaces de morir por ellas. Lo que no podemos es... vivir de ellas. Son obra nuestra y, por lo mismo, suponen ya nuestra vida, la cuál se asienta en ideas-creencias que no producimos nosotros, que, en general, ni siquiera nos formulamos y que no discutimos ni propagamos ni sostenemos.

Con las creencias propiamente no hacemos nada, sino que simplemente estamos en ellas. Precisamente lo que no nos pasa con nuestras ocurrencias. El lenguaje vulgar ha inventado la expresión "estar en la creencia". En efecto, en la creencia se está, y la ocurrencia se tiene y se sostiene. Pero la creencia es quien nos tiene y sostiene a nosotros.

Hay, pues, ideas con que nos encontramos (ocurrencias) e ideas en que nos encontramos, que parecen estar ahí ya antes de que nos ocupemos en pensar.

Lo que sorprende es que a unas y a otras se les llame lo mismo: ideas.: creencias y ocurrencias. Es la incongruente conducta de dar un mismo nombre a dos cosas tan distintas.

Hay que hacer notar que "idea" es un término del vocabulario psicológico y que la psicología, como toda ciencia particular, posee jurisdicción. La verdad de sus conceptos es relativa desde el punto de vista particular que la constituye. Así, cuando la psicología dice de algo que es una "idea", no pretende haber dicho lo más decisivo, lo más real sobre ello.

El único punto de vista que no es particular y relativo es el de la vida, porque todos los demás se dan dentro de ésta y son meras especializaciones de aquél. Como fenómeno vital la creencia no se parece nada a la ocurrencia: su función en el organismo de nuestro existir es t distinta y contraria. ¿Qué importancia puede tener el hecho de que, bajo la perspectiva psicológica, una y otra sean "ideas" y no sentimientos, voliciones, etcétera?

Conviene que dejemos este término,"ideas", para designar todo aquello que en nuestra vida aparece como resultado de nuestra ocupación intelectual. Pero las creencias se nos presentan con el carácter opuesto.

No llegamos a ellas por el entendimiento, sino que operan en nuestro fondo cuando nos ponemos a pensar sobre algo. Por eso no solemos formularlas, sino que nos contentamos con aludir a ellas como solemos hacer con todo lo que nos es la realidad misma. Las teorías, en cambio, aun las más verídicas, sólo existen mientras son pensadas: de aquí que necesiten ser formuladas.

Esto revela que todo aquello en que nos ponemos a pensar tiene ipso facto para nosotros una realidad problemática y ocupa en nuestra vida un lugar secundario si se le compara con nuestras creencias auténticas. En éstas no pensamos ahora o luego: nuestra relación con ellas consiste en algo mucho más eficiente; consiste en... contar con ellas, siempre, sin pausa.

Analice cualquier comportamiento suyo, aun el más sencillo. Está en su casa y, por unos u otros motivos, resuelve salir a la calle. ¿Qué es en todo este su comportamiento lo que tiene el carácter de pensado, es decir, como conciencia clara y actual de algo?

Uno se ha dado cuenta de sus motivos, de su resolución , de la ejecución de sus movimientos, o ha abierto la puerta, bajado la escalera. Pero aun en ese caso y por mucho que busque en su conciencia, no encontrará en ella ningún pensamiento en que se haga constar que hay calle. 

El psicólogo nos dirá que se trata de un pensamiento habitual, y que por eso no nos damos cuenta de él, o usará la hipótesis de lo subconsciente, etc. Todo ello, es indiferente. Siempre quedará que lo que decisivamente actuaba en nuestro comportamiento, no era pensado por nosotros con conciencia clara. Estaba en nosotros, pero no en forma consciente, sino como implicación latente de nuestra conciencia o pensamiento. Pues bien, a este modo de intervenir algo en nuestra vida sin que lo pensemos llamo "contar con ello" y que es propio de nuestras creencias.

El intelectualismo, invierte el valor de los términos. El intelectualismo tendía a considerar como lo más eficiente en nuestra vida lo más consciente. Ahora vemos que la verdad es lo contrario.

La máxima eficacia sobre nuestro comportamiento reside en las implicaciones latentes de nuestra actividad intelectual en todo aquello con que contamos y en que, de puro contar con ello, no pensamos. 

¿Se entrevé ya el enorme error cometido al querer aclarar la vida de un hombre o de una época por su ideario; esto es, por sus pensamientos especiales, en lugar de penetrar más hondo, hasta el estrato de sus creencias más o menos inexpresas, de las cosas con que contaba? Hacer esto, fijar el inventario de las cosas con que se cuenta, sería, de verdad, construir la historia, esclarecer la vida desde su subsuelo.

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El dragón (del latín draco, y este del griego drákon, serpiente) es un ser mitológico que aparece de diversas formas en varias cultura...